media jornada

Beber del Cacín

Meseta tibial

ETA se sienta a la mesa


NO ME DECEPCIONES

Verter primero los cereales es condenarlos a una muerte blanda e inmediata. En el momento en que la leche cae sobre ellos -en lugar de que ellos caigan sobre la leche- empieza la cuenta atrás. La leche se infiltra en su orgullosa coraza crujiente mientras tú, con torpeza, intentas volver a enroscar el tapón del cartón. Ya es tarde. El reloj corre. La textura se corrompe.

En cambio, si viertes primero la leche y luego añades los cereales, les concedes el noble privilegio de flotar. Y flotar es resistir. Flotar es retrasar lo inevitable. Sí, es cierto que la cantidad de cereal dependerá de cuánta leche hayas servido antes (nadie dijo que la libertad fuera gratuita), pero aun así conservas algo fundamental: la capacidad de diseñar tu desayuno con criterio, no con resignación.

La medición lo es todo. Cuando pones primero la leche, puedes calcular con cierta dignidad cuánto cereal deseas para tu desayuno -o almuerzo, o cena; no juzgo-. En la vida cometemos errores. Y luego están esos errores irreversibles que alimentan nuestra angustia existencial diaria. Servir primero el cereal y luego la leche pertenece peligrosamente a la segunda categoría. Porque entonces no mides: improvisas. Estimas a ojo la proporción. Te sometes pasivamente a los límites físicos del bol, como si el bol decidiera por ti.

Cuando echas primero los cereales (¡mal!), te dejas seducir por su aparente solidez. Al ocupar el bol antes que nada, te obligan a aceptar el poder líquido de la leche, que empieza su ofensiva desde el fondo. El conjunto se expande, se hincha, asciende peligrosamente hacia el borde mientras intentas ajustar la cantidad “perfecta” de leche. Ya no mandas tú: manda la física.

En cambio, cuando viertes primero la leche (¡bien!), su naturaleza líquida se adapta con precisión al volumen que tú decides. La leche llena el bol exactamente hasta donde quieres. Tú marcas el territorio. Tú estableces el límite. Después, y solo después, incorporas los cereales, como quien añade invitados selectos a una fiesta ya bajo control.

Primero el líquido. Luego los sólidos.
Orden. Ciencia. Civilización.


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